Ensayo Sobre El Respeto

Es cierto que soy intolerante en demasía, sí. Que no me gusta escucharlos hablar de ese ser superior, de esa esencia etérea que, según dicen, se encuentra siempre con ellos. Odio escucharlos proliferando palabras que ni siquiera ellos entienden, odio ver como simplemente descartan lo demás, y hacen de sus creencias las únicas, las verdaderas, las correctas.

Yo puedo ver, a través de toda esa negrura que logran dibujar delante de mis ojos, algo hermoso en lo que dicen sobre su supuesto Dios. Lo hago, y me encantan los versos, la perfección, la manera en que Algunos hablan de él. Pero es que, ¿cómo iba a ser posible para mí explicarme, si al más Mínimo indicio de discordancia, apagan mi voz con gritos y alaridos, descartan mis ideas y mis creencias, mis Pensamientos?

No me molesta que opinen diferente de mí. Incluso me es agradable, ¡Diversidad por fin! ¡Una de las cosas más maravillosas que puede haber en este mundo! ¡La abundancia!

¿Por qué no puedes, simplemente, escucharme? ¿Atender a lo que digo? ¿Tenerme respeto?

Respeto.

Qué cosa tan más olvidada, qué palabra tan primitiva, tonta, insulsa. Respeto.

Han sido molestos, incluso hasta algo repulsivos algunos momentos que con amargura había que tenido que pasar en el salón de clases. El Ruido taladrando tus oídos, un grito sobre otro más fuerte, el semblante del maestro perdiendo la paciencia. Todo esto es desagradable. Mis compañeros se encuentran constantemente diciéndose uno al otro de maneras jocosas, de maneras tontas y absurdas.  Todos y absolutamente todos los días, uno impone su gusto sobre el otro, el otro lo llama “pendejo” o cualquier otro adjetivo calificativo “antiestético” y de ahí nada sale, simplemente insultos y palabras altisonantes. 

Ya es aburrido, ya no tiene sentido. Siempre es lo mismo… Y es tan… Extenuante, tratar de hacer comprender al otro, es cansado tratar de mostrar algo de respeto, de dignidad. Pero es como si fueran irracionales, como si no pudieran ver más allá de sus propias narices.

Están tan encerrados en su pequeño mundo, en sus costumbres, en lo que creen que está bien y está mal, en sus prejuicios, en la superficialidad de las cosas.

Es angustiante como todos nosotros nos dejamos controlar por el miedo, por el qué dirán. Todos hemos sido víctimas de éste pensamiento, y lo seguiremos siendo, porque nosotros así lo queremos, porque queremos ser aceptados a la fuerza, no importa si tenemos que modificar nuestro Verdadero Yo, si tenemos que humillarnos, si tenemos que cambiar nuestra forma de pensar. 

Nadie quiere estar solo. Ese oscuro lugar entre la soledad y la indiferencia es el lugar a donde todos tememos ir. Es doloroso, y uno simplemente no sabe cómo salir de ahí. ¡Gritar al cielo que existes! ¡Qué estás presente, y eso es maravilloso por el simple hecho de Ser!

Es maravilloso…

Otra cosa que yo no comprendo, y que probablemente nunca haré, es la ideología que tienen tantas personas sobre su supuesto Dios.

¿Cómo sentirse perfecto y maravilloso, si las escrituras repiten una y otra vez, incansablemente, lo imperfectos que somos? ¿Lo indignos de presencias divinas y audiencias celestiales?

Yo pensaría, que si un Dios perfecto me hizo a mí, yo debería ser perfecta. ¿Por qué equivocarse? Soy perfecta con todas mis cualidades, con todos mis pensamientos, con todos mis sentimientos, mis expresiones, movimientos, errores, pecados. ¿No es simplemente genial el hecho de respirar? ¿De sentir? ¿De soñar?

Sentir la fría brisa en la piel un día por la mañana, ver el sol asomándose en el cielo, y después desapareciendo. Todos mis recuerdos, ver a las personas que amo sonriendo, sentir la alegría de estar vivos, de estar juntos, querer formar parte de uno mismo.

Desde ya hace mucho tiempo, quise alejarme de ese lugar tortuoso, quería dejar de echarme la culpa, quería dejar de ser culpable por cosas de las que ni siquiera estaba enterada, quería dejar de sentirme culpable cuando en vez de atender a la misa, estuviera haciendo algo que me hacía en realidad feliz, que me hacía sentir completa. Para mí, ahí está Dios.

No en la Biblia, no un crucifijo, no en los Diez Mandamientos. Para mí, Dios está dentro de ti, y tú mismo eres ese Dios, el verdadero dueño de tu vida, de tus decisiones, de tu futuro. No alguien o algo que dice amarte, que te dio libre albedrío, y que al mismo tiempo te manda hasta el quinto infierno por ejercer esa misma libertad que Él mismo te dio.

Dios está en la sonrisa de tu madre cuando te vio nacer, está en la satisfacción que sientes al sacar una buena nota, está en el placer que uno puede encontrar observando cada cosa maravillosa en el mundo, está en las personas, está en la naturaleza, es hombre y mujer, alfa y omega.

Pero definitivamente, no es ese Dios del que hablan en la Biblia. No es ese Dios del que me cuentan en las misas, no es ese Dios que regaña y castiga, regaña y castiga…
¿Por qué no puede estar Dios en la ciencia? ¿Por qué Dios no pudo habernos hecho a nosotros por etapas? 

¡Qué derecho tiene la gente de decir qué está bien y qué está mal! El bien y el mal es relativo, y nadie nunca sabrá si en su vida uno vivió para el bien y no para el mal.

Con lo que a mí respecta, el único mal del que podremos estar seguros en la vida, es el mal que le podemos causar a otros. Privar a la gente de sus derechos, no considerarlos iguales. 

Está la polémica de los homosexuales, de que no merecen un lugar en la sociedad, de que pervierten a los niños incitándolos a realizar las mismas atrocidades que ellos efectúan. Obligados a esconderse por ser simplemente diferentes.

Y para mi diferente es excelente.

Estoy harta, cansada, hastiada de su argumento falaz de que va contra la naturaleza. ¿Acaso no han visto todas las especies animales que también sienten atracción sexual por un animal del mismo sexo? Los perros, cuando salimos a la calle, es difícil ignorar que son machos tratando de tener relaciones sexuales. No pueden decir que va en contra de la naturaleza, por eso y porque está en nuestra genética, y eso no significa que nacimos homosexuales o heterosexuales, simplemente que puede haber una tendencia a serlo (como descubrieron los investigadores Simon LeVay  y Dean Hamer DH en sus investigaciones sobre la orientación sexual), y no, como la mayoría piensa, no es una opción serlo.

¿Qué no darían las personas homosexuales para ser como los demás? El sufrimiento, el por qué ¿Por qué no soy como los demás? ¿Por qué no me puedo sentir atraído por el sexo opuesto?

Y nosotros nos encargamos de que sea un infierno, de que vivan su condena en la tierra y después de haber muerto, sigan sufriendo en el inframundo. Nos encargamos de aplastarlos, de hacerlos sentir miserables, simplemente porque Dios no menciono nada en la Biblia sobre hombres con hombres y mujeres con mujeres.

Es triste. Es penoso. Da vergüenza.

¿No podemos ponernos a pensar un poco?

Respeto.

¿Dónde ha quedado? ¿Por qué nos hemos olvidado de él?

¿Algún día se romperán las barreras que nos impiden vernos a todos nosotros como iguales? ¿Incluso como uno mismo? ¿O esperaremos a que el mundo se vaya a la mierda?
Ahora, citándome a mí misma:
¿Cómo demonios voy yo a respetarte si te rehúsas a aceptar otra opinión? Tu respuesta a todo es: ¡Porque Dios lo dijo! ¡Porque Dios lo hizo!
Nunca entenderás lo que es tu Dios con argumentos como esos.Piensa, y entonces, cuando hayas decidido si lo que vas a decir es sensato o no… ¡Habla!

Espero hayas respetado mis palabras, pensando abiertamente y reflexionando cada párrafo. No tienes que estar de acuerdo conmigo, pero debes respetarme.

¿O qué? ¿Leíste hasta la segunda línea y te fuiste porque lo que yo estaba diciendo no te parecía? Mal ahí.






Gracias por leer este pequeño ensayo.
Gracias a las clases de Inglés de Memo que, sin ellas, nunca hubiera tenido ganas de escribir esto.
No se abstengan de comentar por favor.


Por Abril Estefanía Montoya Ramos (O como dice abajo, “RottenMilk”… Mi nombre de internet)

Me gusta ser mexicano

Me gusta ser mexicano

Aunque es raro cuando no te roban algo

Me gusta de instrumento la marimba

Y están muy chidos los cóvers de Kalimba

Me gustan mucho las tierras tapatías

Me encanta Santa Tere porque te dan pidas lo que pidas

Porque me recuerdan a mis antepasados

Porque son ellos los que no se fueron abajo

con el temblor de 8 grados.

Los tiempos ahora son muy amargos

Porque suenan a cada rato los balazos

No importan las dificultades

Siempre hay soluciones ante verdades

Porque el corazón del mexicano

No conoce el “lo hicimos en vano”

Y aunque se escuche del nabo

¿Qué tiene de malo que me guste, de vez en cuando

comer unos tacos con muchísimo cilantro?

Soy una persona triste

que no le late el argentino y su viste

Y aunque no me guste mucho la tele o el radio

es hermoso el sonido mañanero del “chingaoooo”

Me encanta oír al naco

Me encanta oír al fresa

Me encanta el oír “ahí les va esta”

y que luego se arrepienten

y me preguntan “¿qué hago?”

Es chidísimo el ambiente en el estadio

cuando veo jugar a mi hermano mexicano seleccionado

e ir con una máscara a la arena Jalisco

pa’ ver a los técnicos, rudos y a veces mixtos.

Es hermosa la cultura zapoteca, mixteca, olmeca y todas las demás ramas

Porque nos hace ver que en algún tiempo teníamos muchas más áreas.

Aunque haya mucho teto, naco, fresa y aveces narco

Estoy orgulloso ser mexicano.

Cuando veo al triste popular desafanado

me doy cuenta de lo poco que han madurado

y veo también por el otro lado

los felices pobres o más bien el proletariado

que no se rinden aunque les metan el palo

como decía el profeta Mahoma

y aunque suene –su cita- algo mamona

“No es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita”.

Por eso digo, no se me agüite, mi jalisquita

Y sírvame otra ronda de tequilita

Pa’ esos días duros, feos, oscuros y que parecen no tener salida

Es mejor desahogarlos con una estrellita y una mano amiga.

Por este sentimiento del bicentenario

y de lo chido de cómo refleja el centenario

Por eso digo, qué chingón que soy mexicano,

Que soy un pinche cabrón mexicano

Aunque malichista, me vale seguir al rebaño,

Que soy un pinche cabrón mexicano.

Por: Autor que desea permanecer anónimo.